sábado, abril 5, 2025
Ciencia y Salud

El inquietante vínculo entre la caja de arena de los gatos, un parásito que vive en el 30% de cerebros humanos y la esquizofrenia


Supongamos que unas semanas más tarde, la escena ocurre nuevamente. Al caer la noche, la sombra peluda sacude nuevamente la paz hogareña. Sin embargo, en esta ocasión resulta evidente que algo ha cambiado en su naturaleza. Su paso, antes precavido, ahora es apacible. Podría decirse que el roedor da un paseo tranquilo por el entorno. Husmea unas moronas, mordisquea la orilla del tapete, camina un poco y es entonces que se revela un acto verdaderamente desconcertante. Ahí, donde yace la caja de arena de nuestro gato, la rata se detiene como hipnotizada y, segundos más tarde, comienza a restregarse sobre los desechos felinos con un furor que sólo podría ser equiparado con el éxtasis.

Cabría preguntarse: ¿qué llevó a la rata a desenvolverse de esa manera francamente suicida? ¿Estaba loca? La respuesta es que sí: la rata no estaba del todo en sus cabales. Pero no debido a un brote psicótico o por influjo de algún veneno, sino por la intromisión de ese protozoario microscópico llamado Toxoplasma gondii, o simplemente ‘Toxo’.

Toxoplasma

Toxoplasma Gondii, visto por microscopio SEM

BSIP/UIG vía Getty Images

Lo que pasa es que, tras milenios de estudio evolutivo y un par de genes robados a los mamíferos, este invasor anatómico, conformado apenas por una célula, ha conseguido dominar los secretos más íntimos de la fisiología celular roedora, destreza que le permite alterar su conducta y ocasionar, por ejemplo, que cuando los roedores infectados detectan la orina de algún felino, en lugar de salir huyendo, como sería de esperarse, hagan exactamente lo contrario y sean presa de un arrebato incontenible. Y se trata de una reacción erótica en toda la extensión del término, dado que las feromonas presentes en la orina felina estimulan la liberación de las propias hormonas sexuales del roedor.

En el laboratorio se ha demostrado que, al olisquear dicha orina, los machos infestados de Rattus norvegicus albinus (nombre científico de las ratas blancas) liberan una buena dosis de testosterona, lo que ocasiona que sus testículos incrementen de tamaño (solo que, claro, a merced del parásito). Una atracción fatal hacia su depredador, pues eso es lo que experimenta la rata. La orina felina como una especie de afrodisiaco, gancho tentador para aumentar la probabilidad de que suceda lo que el parásito invasor anhela: ser devorado junto con el cadáver de la presa y alcanzar así el tracto digestivo del felino, único lugar del mundo donde tiene posibilidad de reproducirse y así perpetuar su especie.

Lecciones básicas de control mental

El hospedero intermediario, es decir, el primer organismo al que tiene que invadir el parásito en su ciclo de vida, usualmente corresponde a algún tipo de roedor —aunque, para fines prácticos, también pueden servirle otros mamíferos o incluso aves—, los cuales se contagian cuando consumen los huevecillos (llamados ooquistes) a través de alimentos, agua, tierra o materia vegetal que haya entrado en contacto con las heces fecales de algún felino infectado. Una vez en su interior, los huevecillos eclosionan para liberar formas larvarias, llamadas taquizoítos, que se diseminan por todo el cuerpo del animal y forman quistes en sus tejidos nerviosos y musculares. Abrirse paso hasta el cerebro de su anfitrión les lleva aproximadamente seis semanas, y es entonces que comienza la función de títeres.

Como ya hemos mencionado, para poder reproducirse, el toxoplasma necesita alcanzar el tracto digestivo de algún felino (su hospedero definitivo); así que, básicamente, lo que hace es aumentar la probabilidad de que la rata infectada sea devorada por uno de estos depredadores. Y para conseguir semejante hazaña, ¿qué mejor estrategia que reconfigurar sutilmente la morfología del cerebro del roedor e interferir con sus secreciones hormonales (verdaderas directoras de la orquesta neuronal y, por ende, del comportamiento).


Un cerebro con miedo

Un experimento con ratones ha revelado un mecanismo cerebral que ayuda a los animales a suprimir el miedo instintivo.


Por un lado, el parásito altera significativamente la actividad de la amígdala, es decir la estructura cerebral que funge como la glándula reguladora del miedo, el estrés, la ansiedad y otras respuestas emocionales en los mamíferos. Por ejemplo, inhibe la acción del cortisol, la hormona ligada al estrés (responsable, entre muchas otras funciones fisiológicas, precisamente de la aversión instintiva hacia los depredadores potenciales). Así que, para empezar, las ratas afectadas tienden a ser menos precavidas. De manera simultánea, el invasor torna un agente amenazante —las feromonas felinas— en algo agradable, incluso seductor. Esto sabotea el hipotálamo (región del cerebro que controla funciones vitales, tal como la temperatura corporal, el hambre, la sed, los estados de ánimo, la libido, el sueño y la frecuencia cardíaca) y amaña la secreción de las hormonas sexuales del roedor: testosterona o estrógenos, según sea el caso.

No obstante, lo más sobresaliente del secuestro psicológico en juego es el hecho de que el toxoplasma, además, cuenta con un par de genes TH en su arsenal genómico que están ligados a la producción de dopamina: ni más ni menos que el neurotransmisor identificado con el placer, responsable de la recompensa a diversos estímulos, central tanto en los patrones conductuales que operan en la adicción a la cocaína, como en el deleite de saborear un chocolate o durante el socorrido arrebato sexual.



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