viernes, agosto 29, 2025
Cuba

Los dólares y dolores de la dolarización


El dólar a más de 400 pesos no es cualquier cosa. No es otra noticia mala sobre dinero. Es una calamidad.

LA HABANA, Cuba. – Enero de este 2025 amaneció con el dólar a 305 CUP. A menos de ese precio comprarlo ya era un dolor de cabeza para millones de cubanos; así la noticia llegó para vaticinar un año que pudiera ser el peor entre todos los anteriores, sin incluir aquel del otro enero, de 1959, en que el país corrió la más terrible de las suertes.

En la hambruna del “Periodo Especial” estuvimos muy mal. Y también en la pandemia de COVID-19, a punto de enloquecer por la intensidad de los encierros y el hambre. Pero ahora, con esta dolarización de la “continuidad”, da la impresión de que ya morimos masivamente en cualquiera de aquellos dos momentos y que, sin memoria de nuestra muerte, la Isla en ruinas es ese infierno que tanto temimos estando vivos, y que los atrapados en él somos todos almas en pena. 

Si en enero muchos nos persignamos ante la Tasa Representativa del Mercado Informal de el Toque, ahora en agosto ya nos sabemos condenados al peor destino cuando, habiendo llegado a los 400 pesos, el dólar continúa subiendo, lo que significa que el salario, las pensiones y hasta las remesas aceleran su catastrófico descenso, y con ellos todos los indicadores económicos que, de tan negativos, tan en retroceso, parecieran un conteo final, el tictac no de un reloj sino de una bomba a punto de estallar.

El dólar a más de 400 pesos no es cualquier cosa. No es otra noticia mala sobre dinero. Es una calamidad. Implica más hambre; más personas jóvenes cayendo por enfermedades asociadas a una alimentación deficiente; más niños desnutridos, con la infancia hecha pedazos y convirtiéndose, para el futuro, en hombres y mujeres que tendrán muy corta vida productiva; más ancianos sufriendo en sus últimos años; más desolación y oscuridad en las calles y, sobre todo, menos fuerzas física y mental, menos voluntad y más temor para enfrentar a los camajanes que comen bien, que envejecen con salud, que tienen medicinas, que viven sin el estrés de tener un salario o una pensión que no sirve para nada, que son quienes dolarizan no solo por “necesidad” sino porque usan el privilegio del dólar como otra forma de represión, y de aniquilación.

Con el dólar subiendo por días y el peso devaluándose a cada segundo, la comida y los medicamentos continuarán siendo una quimera para los millones que hoy, atrapados en la encrucijada de la bancarización forzada, la falta de efectivo, el desabastecimiento crónico, los altos precios, los salarios y pensiones bajos e imposibles de cobrar, las croquetas de “ave-rigua”, el arroz que no llega a la bodega y las farmacias vacías han dejado de alimentarse y de tratarse las dolencias.

Hemos dejado de bañarnos bien (porque no hay ni agua ni jabón), de dormir las horas necesarias (porque el calor y la posibilidad de un techo derrumbado no nos deja), de elegir una alimentación sana (porque hay que tragar lo que aparece), de ser buenas personas (porque se impone la ley del más fuerte); de buscar la felicidad (porque lo indispensable para serlo en Cuba es un lujo, así como ofrecer placer es una mercancía, mucho más valiosa si se trata de sexo y el cliente es un “yuma”). 

Hemos simplificado la existencia a respirar, a tendernos en un rincón como una entidad silvestre, muy próxima a lo vegetal, y a sumergirnos dóciles en la intensa oscuridad de una “contingencia energética” que llegó para quedarse. 

En unos años no seremos ese país envejecido, con escasas fuerzas productivas y lenta renovación generacional que se anuncia sino un gigantesco cementerio, aunque en las lápidas no estará el signo del dólar (porque no tiene la culpa de nada) sino la hoz y el martillo que nos ganamos. 

El dólar no es el que se impulsa en su crecimiento; es el régimen quien no frena su ambición de poder, que necesariamente va acompañada de esas estadísticas que crecen y decrecen siempre para mayor dolor nuestro, y siempre en contra nuestra. Hoy, el dólar solo nos permite medir, hacer comprensible matemáticamente, la diferencia entre la incertidumbre de vivir y la certeza de morir.

Parecía algo imposible en enero de 2025, pero ahora, a 410, es una realidad. 410 es la cifra “de verdad” en la calle más concreta, más dura, y quizás dentro de poco, tal vez en diciembre, esté arribando a los 450, o a los 500, porque ya no importa que todos lo podamos adquirir (como cuando lo amarraron a 25 por 1 con la jugarreta del CUC), sino que solo unos pocos lo consigan a sangre y fuego para salvarse.

O que no lo consigan jamás, para confirmar que en Cuba (es decir, dentro de los muros de la Isla-cárcel, la Isla-infierno) los sueños pocas veces se materializan pero las pesadillas sí, y todas las veces que cerremos los ojos aún sin quedarnos dormidos.



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