viernes, agosto 29, 2025
Cuba

otro verano que Cuba no pudo disfrutar


Las vacaciones en la Isla fueron un recordatorio de la crisis: salarios insuficientes, inflación desbordada y precios que convierten hasta un día de playa en un lujo.

SANTIAGO DE CUBA, Cuba.- En otros lugares del mundo el verano es sinónimo de descanso y ocio en familia. En Cuba, en cambio, se convirtió en un recordatorio de la crisis: salarios insuficientes, inflación desbordada y precios que convierten hasta un día de playa en un lujo.

Lionel Duarte lo sabe bien. A sus 34 años, ha pasado la vida trabajando: albañil, carpintero, vendedor ambulante. Su historia es la de millones de cubanos. “Trabajo desde que era un chamaco —dice—, pero no me alcanza para darles a mis hijos lo que se merecen”. Este verano logró llevarlos una sola vez a la playa, y gracias a que unos familiares lo invitaron.

Solo el transporte, desde La Maya hasta las playas de Santiago cuesta entre 600 y 800 pesos por persona. Una vez allí, la sorpresa es mayor: aunque las playas son públicas, en la práctica funcionan como si estuvieran privatizadas. Carpas de sacos se alquilan a 300 pesos, mesas a 400, sillas a 500 y hasta las balsas hechas con cámaras de camión tienen precio. Nadie entiende por qué se cobra un espacio que debería ser de todos, pero nadie objeta. En medio del mar abierto, lo único gratis es el agua salada.

“¿Qué clase de vacaciones son estas si lo que hacen es endeudarte y recordarte lo que no tienes?”, se pregunta Lionel.

Playa de Juraguá en agosto. (Foto de la autora)

Cuando ni las remesas alcanzan

Nadia Lemes pensó que sería distinto para ella. Desde que su pareja emigró y comenzó a enviarle remesas, la vida se hizo más llevadera. “Quería regalarles a mis mellizos un día diferente, que vieran algo bonito”. Eligió el Ocio Club Casablanca, en la avenida Victoriano Garzón, un lugar del que tenía muy buenas referencias de años atrás.

Llegó agotada tras una mañana de transporte caótico para llegar y se topó con la primera desilusión: las entradas costaban 500 pesos por cada niño y 1.000 por ella, casi el doble que antes y no incluían más que el acceso. Antes de ingresar, le revisaron el bolso para comprobar que no llevaba alimentos. “Quería irme, pero me dio pena con los niños”, confiesa. Dentro, el panorama fue peor: platos mínimos por más de 1.200 pesos, otros que superaban los 1.800. Finalmente, entre entradas, almuerzos para tres y bebidas gastó más de 8.000 pesos (20 dólares), sin contar los 900 del transporte intermunicipal.

“En vacaciones deberían rebajar los precios para que las familias puedan ir, pero hacen lo contrario. Es un abuso”, protesta.

Hoteles: la ilusión rota

Para el barbero Ángel Luis Del Río, del reparto Vista Hermosa, regalarle a su madre jubilada unos días en un hotel frente al mar se había convertido en una meta por la que trabajó durante meses. En cuanto logró reunir el dinero, no dudó en pagar 14.000 pesos (35 dólares) por un paquete para ambos, que garantizaba tres días en Costa Morena, una de las opciones más económicas que encontró. La oferta prometía transporte, alojamiento y comidas. Sin embargo, la realidad fue otra: apagones, un menú repetitivo donde el pollo fue la única proteína y bebidas que había que comprar aparte.

“Perdí mi dinero. Imagínate pagar tanto para eso”, dice indignado. “Pagué por darle alegría a mi madre, y lo que encontré fue más de lo mismo: escasez disfrazada de turismo”, insiste.

En los mismos grupos de promoción circulan paquetes de hasta 42.000 pesos (105 dólares) por pareja. En un país donde el salario medio ronda los 6.000 pesos (15 dólares), la posibilidad de vacacionar en un hotel se vuelve un sueño inalcanzable.  

Playa de Juraguá en agosto. (Foto de la autora)

Los que no pudieron

Si para Lionel, Nadia o Ángel Luis las vacaciones fueron sinónimos de frustración, para miles de familias no hubo opción alguna. El verano transcurrió entre apagones interminables, cocinar con leña, espantar mosquitos y sobrevivir al calor. En los barrios, las fiestas populares fueron la única distracción, aunque muchas veces marcadas por la insalubridad y la violencia.

Ahora más que nunca, la desigualdad social se hace evidente. Mientras unos pocos accedieron a experiencias recreativas gracias a remesas o ingresos extras, la mayoría quedó condenada a un verano sin mar ni descanso.

El contraste que duele

El panorama cubano duele aún más cuando se compara con lo que ocurre fuera de la Isla. En España, por ejemplo, un billete de tren cuesta entre 5 y 10 euros, moneda oficial y única en circulación. Nada que ver con Cuba, donde los trabajadores devengan en moneda nacional pero deben comprar productos básicos en dólares o al tipo de cambio informal, que hoy supera los 400 pesos por cada dólar.

En México, una entrada a un parque acuático familiar cuesta entre 120 y 170 pesos mexicanos (de 7 a 10 dólares), precios que aunque no son bajos para algunas familias, resultan accesibles y coherentes con los ingresos en su moneda nacional. En Estados Unidos, muchas playas y parques públicos son gratuitos.

Resulta, cuando menos paradójico, que en una isla rodeada de mar millones de familias no hayan podido costear ni siquiera unas horas junto a la orilla. Esta realidad resume la desesperanza que marca la vida de los cubanos.



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